domingo, 18 de noviembre de 2012

Un funeral para el mundo


Las lágrimas caen sin cesar. En el ambiente no hay más que silencios eternos, y llantos ahogados. Nadie se atreve a mirar al cielo. Ese cielo que un día pareció infinito, ahora está siempre recubierto por una capa de nubes grises, que hacen que el sol pase a ser una simple ilusión, un simple sueño. Todos miran al suelo, al barro mojado, a sus ropas húmedas y polvorientas, y observan como su corazón, poco a poco, se va difuminando hasta ser invisible. Todos visten de negro, todos están unos al lado de los otros, pero nadie se atreve a mirarse. Están tan cerca, y a la vez tan lejos. La soledad invade sus almas, ya casi inexistentes. Algún día esas personas sonreían, se abrazaban, se amaban, se apreciaban; pero, todo eso también se ha convertido en una ilusión, en un simple sueño. Rodeados de muertos, en un cementerio sin lugar para los vivos, hoy son aceptados. Sus almas no existen, han desaparecido. Son cuerpos sin vida. Incapaces de sentir, incapaces de ver la realidad. Llueve. Las pesadas gotas de agua caen sobre sus cabezas, recorren su cuerpo, hasta hundirse en la tierra, pero ellos, ya no las sienten. A esa gente que antes le preocupaba mojarse, ahora, ya siente indiferencia por ello. Todos parecen esperar algo. Un soplo de aire cargado de esperanza, un rayo de sol lleno de vida, una melodía alegre que despierte sus corazones. Todos parecen esperar algo, que nunca llegará.

A lo lejos, empieza a distinguirse una sombra. Unos pasos lentos se acercan a toda esa gente, mientras ellos, poco a poco, van dejando el camino libre, para que esa borrosa sombra sin destino, pueda seguir su rumbo. Mientras pasa delante de ellos, poco a poco, aún agachan más sus cabezas. Lágrimas vacías, sin sentimientos ni sensaciones, recorren sus mejillas. Ahora que esa sombra está más cerca, ya podemos distinguirla. Un pequeño ataúd, llevado por unos hombres de los que nunca podremos ver el rostro, apagado e inexpresivo, recorre en línea recta el camino, hacia un horizonte gris y vacío. La tumba, está vacía, pero parece pesada. Dentro de ella, está el mundo. Toda la vida del planeta, todos los sentimientos, toda la delicadeza, la ternura, el amor, el cariño, la sinceridad, la bondad, la humildad y la generosidad, ocupan sus paredes. Todo lo que convertía a la vida en algo valioso, ha desaparecido. También se ha convertido en una simple ilusión, en un simple sueño. Mientras el ataúd va pasando hacia un destino inexistente, todos esos cuerpos sin vida, caen lentamente al barro, quedando allí sepultados eternamente. Sus cuerpos sin alma, sin sentimientos, ya nunca más se mantendrán en pie.

La delicadeza, la capacidad de amar, y la bondad que a los humanos se nos había otorgado, han muerto, y con ellas, ha fallecido también lo que le daba sentido al mundo. Sigue lloviendo sin cesar. No sabría decir si lo que cae no es más que agua, o lágrimas. Solamente somos testigos de un funeral eterno, de un funeral al mundo.