Segundos. De eso está compuesta nuestra vida. No de días, ni de meses ni de años. De segundos, simples segundos. Unas vidas tienen más, otras menos, pero siempre son lo mismo. Todas las vidas conducen a lo mismo, a la muerte, y la gente que intenta evitarla, pierde segundos de su vida. Somos un cronómetro, en el que la cuenta atrás empieza en el primer momento que salimos de nuestra creadora. Contamos nuestro tiempo de vida por años, pero jamás nos paramos a pensar en los segundos. Cada segundo que transcurre, también nos hacemos más mayores, no cada año. Cada segundo de nuestra vida, también envejecemos, lo que quiere decir también, que cada segundo de nuestra vida, estamos más cerca de la muerte. La vida es una carrera en el que la meta es la muerte. Da igual cómo actuemos, siempre llegaremos al mismo lugar, aunque claro, es mucho mejor morir feliz. Morir, la forma más sencilla de evadirse de los problemas de la vida, pero la forma en la que no hay vuelta atrás. A la mayoría de gente, nos gustan los problemas, ya que nos gusta vivir. Vivir con sufrimiento es vivir, quien no padece, no vive. Cada forma de morir, conlleva a una metáfora, el sentido de la vida, el sentido de la supervivencia. Morí porque actué mal, morí por ir demasiado deprisa, o simplemente morí porque quise. Algunos piensan: “¡Qué más da!”. Si, que más da. Todos acabamos muertos, ¿no? Quién realmente valora la vida, jamás tiene esos pensamientos. Quién la valora, lucha por llevarse a la tumba o a la urna, una gran carga de orgullo y satisfacción, de manera que morir no sea un castigo, si no un premio. Todos lloramos cuando nacemos, ya que lloramos suficiente durante la vida, intentemos todos sonreír cuando morimos.
sábado, 30 de abril de 2011
...El camino de las lágrimas...
Es la hora de despertar. Se abren los ojos, cada uno de ellos. Desde aquí, puedo observar que miran hacia abajo. Están... tristes, decaídos... muertos. Cuando los ojos lloran, no lo hacen sin motivo alguno. No lloran por llorar. Están heridos, y esas lágrimas que caen de ellos, no son simples gotas de agua salada. Es su sangre, la sangre que brota de su herida. Ahora es mi turno de caer, todas las demás compañeras que aguardaban su salida, ya lo han hecho, y han comenzado un nuevo ciclo de evaporación. Ahora me toca a mí, la última lágrima por caer, la última lágrima que echará este ojo azul, que mira hacia abajo, hacia la camilla del hospital en el que están fluyendo los últimos momentos de su vida. Él ultimo esfuerzo de esta persona a la que estoy aferrada, es sacarme al exterior, deslizarme por su mejilla, y caer en su pecho, de manera que pueda escuchar los últimos latidos de su corazón. Se dice, que cuando se llora, uno se quita un peso de encima. Ese peso, soy yo. El peso que está manteniendo a esta persona con vida, el peso que esta persona se esfuerza por expulsar al exterior, para que de una vez por todas, la deje descansar. Mi única función en un organismo, es desahogar a la persona. El único motivo por el que yo salgo al exterior, en forma de gota, es por tristeza, por soledad, por muerte, por decepción, por fracaso... Pero en ocasiones, también por felicidad... pero en muy pocas ocasiones. En esta ocasión, es por la causa más común. Por muerte, por tristeza, y por soledad. Es triste saber que estás muriendo en la sala de un hospital, y que no hay nadie a tu lado. Es triste saber que mientras tu corazón se está esforzando duramente para dar sus últimos latidos, otros están felices, jugueteando por las calles, riendo con sus amigos, o simplemente trabajando, o bebiéndose un vaso de una triste agua. Cuando no puedes hacer todas esas cosas, que día a día, vas dejando de valorar, pierdes la esencia de la vida. Por eso, esta persona lucha por expulsarme al exterior, para que de una vez por todas, le deje descansar en paz. Ya llega el momento... empiezo a ver la luz tenue de la habitación en la que se encuentra este paciente... empiezo a escuchar el sonido que hace la máquina que le controla el corazón, el sonido... ese sonido que se hace cada vez más lento mientras yo salgo hacia afuera. Ya estoy fuera, me deslizo lentamente por su mejilla. Cuando paso rozando alrededor de sus labios, noto su último suspiro, la falta de aliento. Caigo lentamente por su cuello, recorriendo mi camino hacia el pecho. Noto mientras paso, como da camino a su último trago de saliva. Me detengo en el pecho. Ya no se oye nada, ni un ligero latido. Mi vida termina junto a la de mi ser. Ya he cumplido mi función... ya no sirvo de nada.
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